lunes, septiembre 14, 2015

Cuando el abuelo murió

Cuando el abuelo murió, el reloj de la sala se detuvo. Mis tías me pidieron que cambiara la pila y lo pusiera en su lugar. La hora que marcaba eran las dos y algunos minutos. No supe si era una coincidencia metafísica con la hora de su muerte o si todos habían estado ocupados los últimos días y apenas se habían dado cuenta que se había detenido.

Cuando el abuelo murió, miré a mi padre subir al púlpito de la Divina Providencia. Escuché como se quebraba su voz mientras agradecía a los asistentes por su compañía. Fue la segunda vez que lo escuché así, la primera había sido hace veinte años cuando murió su madre. Quise abrazarlo. Sé que un día es probable que tenga que hacer lo mismo por él pero no quiero que llegue ese momento.

Cuando el abuelo murió, reviví mis mañanas de niño mientras caminaba al mercado de los dolores e ir por pan dulce con mi padre. Siempre mi abuelo me daba por lo bajo una moneda mientras me despedía de él. Mi pan predilecto eran las donas de chocolate pero cuando quería variar la rutina prefería los ojos de buey o rebanadas de pastel de chocolate.

Cuando el abuelo murió, recordé que un mes antes fui a visitarlo. Su estado era doloroso. Su piel estaba pegada al hueso y dormía. Mi padre lo despertó. Todos sabíamos que era la última vez que lo veía vivo. Me dio la bendición y me dijo: "échale ganas". Siempre fue un hombre de Dios y de palabras sencillas. Cuando el mensaje es claro no se necesita más. No necesité nada más para entenderlo.

Descansa en paz, papá Jesús y gracias por todo. Se le echará de menos.

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